Nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel, o su origen, o su religión. – Nelson Mandela. A partir de los lamentables hechos que están sucediendo en Estados Unidos con el tema del ICE y las violentas deportaciones de inmigrantes, he leído a muchas personas manifestarse en contra del racismo y expresar su apoyo a las personas que lo sufren. Muchos de esos casos es ironía pura porque varias de esa personas que intentan dar una imagen anti-racista en redes sociales son, en la vida real, parte de esa gran legión de individuos que, creyendo que son superiores por el color de piel o algún otro aspecto físico o socio-económico, no tienen o no han tenido ningún problema en utilizar este argumento para denigrar. ¿Lo he vivido en carne propia? Sí, pero nunca he intentado convertirme en víctima, siempre he podido defenderme yo mismo de los insultos que he recibido, racistas o de cualquier otro tipo, aunque no siempre fue así, soy es una persona que ha sufrido de racismo desde pequeño, situaciones que cuando eres un niño no te das cuenta del todo, como cuando mis amigos del barrio, a la edad de siete u ocho años, me llamaban mono, algo que a pesar de hacerme sentir mal nunca se lo conté a mis padres, porque sentía vergüenza y miedo de que se enfaden conmigo (todos los niños pensamos eso, años después entendí que ellos lo que hubieran hecho es defenderme). Esos niños de siete, ocho y nueve años que me llamaban mono por el hecho de tener piel oscura y ellos no. ¿Creen que ahora que esos niños son adultos, su mentalidad haya cambiado? ¿O creen que han transmitido esa pobre mentalidad a sus hijos? Porque los valores que marcan nuestra personalidad se adquieren en casa, cuando somos niños. Yo creo que el racista nunca cambia, lo creo y lo he visto tal cual. Por ello hace muchísimos años corté todo tipo de relación con aquellos niños, ahora adultos, que me insultaban y me agredían, lo que incluso llegó afectar mi autoestima en el colegio. Ser un niño al que llamaban mono me afectó, me hizo un daño emocional que duró hasta la adolescencia, pues llegué a convencerme de que realmente yo era menos que aquellos que tenían color de piel blanca, cabello más claro o color de ojos ‘bonito’. Mi autoestima se fue al suelo al punto que ya ni siquiera quería defenderme de los insultos y agresiones, cuando me pasaban estas situaciones yo solamente quería escapar. Y todo eso lo afrontaba yo solo, sin contárselo a nadie, lo que era un peso demasiado grande para mí. Una de las consecuencias de los insultos racistas que recibí cuando era niño fue el sentirme avergonzado de mi color de piel, color oscuro. Lloré durante años y lamenté mi suerte, incluso en algún momento pensé en que no quería seguir viviendo. Estas cosas afectan mucho a un niño, que es lo que era yo. Pero hoy no puedo estar más orgulloso de mí y de mi color, de mis rasgos de negro heredados de mis abuelos peruanos que eran negros bien negros de 1.90 cms. y 95 kilos de peso. Estoy muy orgulloso de mi nariz ancha y mis labios gruesos, de mi cabello rizado (cuando lo tenía) y de mis ojos negros como aceitunas. Hoy cuando me insultan no me defiendo porque me sienta menos o sienta que tengo que defender el ser oscuro, me defiendo porque no puedo permitir vejaciones de ningún tipo hacia mí. Ya no. En Perú se vive mucho racismo, lo he enfrentado cada día de los años en los que he vivido allí. Lo he enfrentado en diferentes etapas: de niño, de adolescente, de estudiante, de adulto, en el trabajo, en los deportes e incluso en mis relaciones sentimentales, no con alguna pareja, pero en un caso en particular, con la hermana de la madre de mi hijo, chilena ella y chilenos su familia, cuando en el año 2017 me llamó “negro asqueroso”, en mi propia casa, a la que había llegado a hospedarse para visitar a su hermana (mi ex pareja)  y, al volver a su país, me bombardeó de insultos racistas y clasistas en una lista interminable de e-mails a sus padres, a su hermana y a mí. Los padres de ella, a la vez, también me menospreciaron no solamente con el tema de los e-mails de su hija, sino toda la etapa en que tuve relación con mi ex pareja, en Perú, en Chile e incluso cuando los conocí en mi departamento en Lima, los recibí en mi propia casa y la madre por varias horas tuvo la osadía de no dirigirme la palabra, de ignorarme cuando yo le hablaba  y de no mirarme siquiera, estando ella en mi propia casa. Una sinvergüenza, sí, pero entendía que la discriminación es la única arma que tienen los mediocres para sobresalir, y todos ellos lo eran, lo son. Lamentablemente no entendía en ese momento que los valores venían de familia y que si la familia de mi ex pareja tenía esa mentalidad, tarde o temprano ella también los sacaría a la luz. Y así fue. Me mudé a Chile con ella, el error más grande de mi vida y de lo único de lo que me arrepentiré para siempre. Me  hace mucha gracia que este tipo de personas hoy quieran dar clases de moral, de dignidad y darse a ver como buena personas. ¿Verdad que es muy irónico? Y muy sinvergüenza. En los casi ocho años que viví en Chile sufrí racismo, pero también clasismo y xenofobia. Son incontables las veces en las que he tenido que escuchar frases como “Peruano de mierda lárgate a tu país”, “Vienes a malograr la raza negro culeao”, y ser tratado a menos por ser de diferente raza, color de piel e, incluso, sus prejuicios de que al ser peruano era de situación socio económica inferior a la de ellos. Pero